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Sea lo que sea que pase por tu mente no te enfoques en ello ni trates de eliminarlo. Yongey Mingyur Riponche

Silencio

José Escánez Carrillo 28/02/2017 0 comments 21

Sólo durante el silencio podemos escuchar a “mi otro yo”

En general no nos gusta el silencio, nos incomoda. Nos resulta más fácil estar continuamente distraídos con cualquier ruido externo o interno, que enfrentarnos a lo que el silencio nos pueda decir. Quizás nos pone delante lo que más nos asusta, un vacío que nos lleva a mirar más allá de nosotros mismos.

El silencio nos recuerda que somos imperfectos, vulnerables, humanos. Que no somos máquinas dispuestas siempre a hacer algo, en continua agitación, que no tenemos por qué saber de todo y que tenemos plazo de caducidad. Y nos empequeñece.

Aunque lo cierto es que el silencio es absolutamente necesario. Sólo durante el silencio podemos escuchar a “mi otro yo”, a ese que no da todo por hecho ni por sabido. El silencio favorece reacciones internas y subjetivas, de conexión con uno mismo y con los demás, de reflexión, de valoración y de integración de aquello que se escucha y que se vive a nivel íntimo. Durante los espacios de silencio se establece un diálogo sincero con uno mismo, libre de artificios, donde podemos reconocer sin argucias nuestra forma de pensar, de sentir, de relacionarnos. Resultan necesarios momentos de silencio que aporten más claridad a nuestras acciones, donde aunar lo percibido.

Y no sólo se escucha uno mismo a través del silencio, sino que hace posible escuchar con franqueza a los demás. Aunque el silencio signifique la ausencia total de sonido, no quiere decir que sin sonido no pueda haber comunicación. De hecho, una de las formas más genuinas de relacionarse con los demás es facilitar un lugar donde se haga posible un diálogo sincero, donde pueda haber un espacio honesto para los sentidos, la palabra o el pensamiento, sin ruidos añadidos.

Aunque son muchas las oportunidades que se dan durante el día para habitar el silencio, no tenemos ni nos damos tiempo para hacerlo. Y no se trata sólo de huir de los decibelios de máquinas y vehículos, sino de acallar el ruido interno sobre lo que hicimos ayer o el año pasado, lo que haremos mañana o el próximo año, lo que dejamos de hacer y lo que no haremos. Un ruido de fondo que nos acompaña siempre y que adoptamos como la banda sonora de nuestro día a día, sin cejar de reproducirse en nuestra cabeza una y otra vez.

Sí, nos incomoda el silencio. Y cuando conseguimos reconciliarnos con él, siempre hay alguien que, ante un soplo de silencio espontáneo, lo interrumpe con un quejumbroso “ha pasado un ángel”.